Bueno, me dieron ganas de subir entrada sufriente mientras escaneo informes.
Mañana tengo el último lab de Zoo. ¿Qué implica esto? Último mini-control de cualquier cosa, y último informe de cualquier cosa. Así es, terminamos las leseritas de 0,2%, sólo quedan pruebas reales y jarcor. El lunes la de Mate. Tengo serios problemas con esta materia, y aunque no estoy en serios peligros de echarme el ramo, no quiero terminar con una nota mediocre. Luego el martes Orgánica. Como el profe actual hace pruebas decentes y no es mucha materia, espero que me vaya bien (sobre 6) para terminar con un lindo promedio ese ramo. Luego tenemos un descanso de dos días para caer en el jarcor de los jarcors: el examen práctico de lab de Zoo. Todos le temen y tiemblan ante su nombre, veremos si los rumores tienen justificación (qué paja aprenderse todoooooo). El sábado prueba de Física, no hablaré de eso. El otro lunes tendríamos la prueba final de Zoo, sólo entran vertebrados (creo), así que es la materia más bakanosa del año y la que mejor domino, ojalá me vaya bien de una vez por todas porque con la anterior me llevé una decepción. Y el martes prueba de Inglés, donde debo enfrentarme a la trsite realidad de que ya no puedo tener promedio 7 (¡¡maldito 6,8!!). Y ahí me opero, en teoría. Justo durante el estreno de HP6. Lástima.
Al menos tendré tiempo para organizar mi PC nuevo (:P), y hacer cosas ociosas y necesarias, como jugar jueguitos que tengo pendientes. Por cierto, "No More Heroes" es notable, tiene muchas pifias evidentes y sin embargo es una bizarra, absurda y deslumbrantemente agradable experiencia. Uno de los juegos más originales que he jugado. Debo hablar de él en alguna entrada. Y de "The World Ends With You". Y de otros. A veces me dan ganas de hacerme un blog gamer para hablar de esas leseras, porque acá a nadie le interesan (xD).
Sé que tengo que terminar el informe de Orgánica y que mañana entro temprano, pero NO PUEDO concentrarme en esa mierda, estoy chato, me carga hacer informes, especialmente cuando el ramo está tan fome. Así que me di OTRO mini-break para escribir cualquier lesera acá en el blog.
La semana recién finalizada fue como terrible, estuvo la prueba de Mate con su brutal cantidad de materia (sin comentarios sobre cómo me fue). Y no sé, ando como cansado con la U aunque no sé exactamente por qué. Quiero vacaciones (aunque eso implique estar postrado en cama recién operado).
Otra vez me fue inesperadamente bien en Física. Ya tengo casi pasado el ramo aunque no he aprendido nada. No me siento bien con eso, pero tampoco me siento culpable ya que el ramo es oficialmente una mierda y arruinó mis recuerdos de la infancia donde alucinaba con circuitos e imanes. Además que una vez terminado este semestre no tengo más Física (dicen), lo cual me alivia más bien harto.
Durante la semana también fue el E3 (Electronic Entertainment Expo). Para los que no saben, es como una convención bizarra que se realiza anualmente en Los Angeles donde muestran videojuegos que están en desarrollo y gente con cantidades cuestionables de vida (como yo) alucina viendo trailers y demases. A pesar de que hubieron varias cosas dignas de mención, no entraré en detalle aparte de GOLDEN SUN 3 MIERDAAAAAAA (bueno, tal vez mañana u otro día elabore más, ahora no hay tiempo).
Ayer mi hermano celebró su cumple y hubieron miles de pendejos gritones contra los que pude jugar Smash y ganarles y sentirme bien (porque siempre pierdo xD). Y después me fui flashmente al cumple sorpresa del Pepe Tapia donde me encontré con varios amigos del cole (lo cual por lo general es bueno). Hablando de cumples, se viene el mío (¡!). Estoy con la incertidumbre de qué hacer. Es como raro.
Estoy chato de los dentistas, aunque es para mejor (espero). En las vacas estaré mucho en cama, podré ponerme al día con mi jugo desplazado.
Desperté en un lugar desconocido. Tenía frío y estaba oscuro. Me incorporé bruscamente pero me llevé un fuerte golpe en la cabeza con un techo metálico. Mientras me sobaba con una mano, con la otra tanteaba mi entorno mientras mis ojos se adaptaban a la oscuridad. Me costó unos segundos asociar que el estar rodeado por barrotes de fierro significaba que me habían atrapado, una vez más. Seguramente me pillaron durmiendo. Usaron algún sedante y me trajeron hasta acá. Al menos esta vez fueron más sutiles. Pero aún así, me costaba creer que no se cansaran. Resignado, me senté y traté de encontrar una posición cómoda mientras estiraba mis brazos y piernas acalambrados.
No pasó mucho rato hasta que se encendieron las luces, cegándome por unos instantes. Al recuperar la visión noté que la puerta de la sala estaba abierta y una mujer había entrado, situándose frente a mi jaula. No aparentaba más de treinta años, era medianamente alta y bastante delgada. Tenía su pelo negro recogido en un moño y no llevaba aros ni ninguna clase de adorno. Vestía un delantal blanco en cuyo bolsillo decía “Dra. Helena Rodríguez” y del cual se asomaban unos lápices a pasta.
—Bajó la calidad del servicio —dije al reconocer a la mujer—. La última vez me dejaron en la jaula grande.
—Supongo que no queda otra opción más que meterte en ésa cuando pataleas como un demonio —respondió la doctora Helena Rodríguez—. Ahora te encontraron dormido así que no hubo problema.
—Oh, claro, que amable de su parte. Nada mejor que despertar y pegarse en la cabeza con el techo de una jaula en medio de…
—Tú sabes que podría ser mucho más fácil si cooperaras —me interrumpió—. Ahora ven, voy a abrir la jaula, haremos esto rápido y podrás irte, ¿está bien?
—Hmpf… está bien…
—Eso sí, voy a necesitar que te pongas esto —dijo sacando unas esposas.
—Creí que había superado esa etapa.
—No después del desastre de la última vez.
Sabiendo que no tenía otra opción más que hacerle caso, estire mi mano a través de los barrotes y recibí el objeto, fijándolo primero en la muñeca izquierda y luego, con dificultad, en la otra muñeca a través de mi espalda. Ante la mirada severa de la mujer, procedí con resignación a apretar más las esposas, quedando ahora sí efectivamente inutilizado. Recién ahí se dignó a abrir el candado y dejarme salir. Se dirigió hacia afuera de la sala mientras yo la seguía. Nos encontramos en un largo, estrecho y mediocremente iluminado pasillo, por el cual seguimos hacia la izquierda. Caminamos varias decenas de metros, viendo a cada lado puertas que conducían, al parecer, a salas similares a la que acababa de abandonar, hasta finalmente entrar a una de éstas. Dentro había varios otros sujetos con delantales, y algunos con mascarillas. Sentí sus miradas sobre mí, pero yo mantuve la vista fija en el increíblemente interesante patrón que hacían las baldosas blancas y negras en el suelo.
—Más te vale que te portes bien hoy, ¿eh? —dijo una voz masculina—. No tengo la paciencia infinita de la doctora Rodríguez.
—Me ha prometido que no hará ningún escándalo —intervino la aludida.
—Esperemos, no quiero otra cicatriz en mi cara —continuó la primera voz—. Vamos, perro, ¡a la camilla!
Apenas levantando la mirada del piso, me dirigí con recelo hacia la desagradablemente limpia camilla. Me costó tenderme boca abajo por tener las manos esposadas en la espalda. Sentí a los humanos hablando entre ellos y luego unos fuertes brazos inmovilizaron bruscamente mi cuerpo. El pinchazo me tomó por sorpresa, aunque debía habérmelo esperado: me habían sacado sangre en todas las ocasiones. Pocos segundos después que retiraran la jeringa se cortó la luz. Entonces sentí como los brazos dejaban de hacer presión sobre mí y le proferían un violento golpe a la camilla, derribándola y tirándome al suelo.
—¡Maldición! —bramó el tipo al que le dejé la cicatriz.
—¡Hey! —gritó la doctora Rodríguez—. ¡¿Cuál es tu problema?!
El hombre no alcanzó a responder, porque en ese instante se encendieron unas luces de emergencia y empezó a sonar una alarma junto a una voz distorsionada que decía por altoparlante: “ALERTA: TODO EL PERSONAL DIRIGIRSE CON URGENCIA AL SALÓN PRINCIPAL. REITERO, TODO EL PERSONAL SUSPENDA DE INMEDIATO SUS ACTIVIDADES Y DIRÍJASE AL SALÓN PRINCIPAL”. El pánico cundió de inmediato. La gente, a pesar de tener claras instrucciones, no sabía cómo reaccionar y tardaron largos segundos en huir desordenadamente por la puerta. Entre todos ellos, la doctora Rodríguez vaciló por un instante y finalmente se dirigió a mí buscando torpemente la llave de las esposas de entre todas las de su llavero.
—No hagas nada estúpido, esto es algo serio —me dijo antes de liberarme una vez encontró la llave correcta—. Sígueme.
Los demás nos llevaban ventaja, por lo que el pasillo estaba vacío mientras corríamos hacia el dichoso salón principal. De pronto sonó a lo lejos un ruido sordo, al parecer un disparo, y luego varios más, que fueron opacados por los gritos de la gente. La alarma dejó de sonar.
—Mierda —exclamó la doctora—. Creo que la alarma fue demasiado obvia. Ven, por aquí.
Retrocedimos unos metros y entramos por una de las puertas, que daba a unas escaleras. Bajamos por éstas dos pisos y al salir nos encontramos en un estacionamiento subterráneo. Había unos pocos autos, sin embargo el lugar era muy amplio y estaba casi totalmente a oscuras.
—¿Qué está pasando allá arriba? —pregunté.
—No estoy segura —respondió jadeando—. Por las reacciones, creo que entró algo o alguien no con buenas intenciones.
—O sea que esos disparos…
—Creo que los tiró uno de los nuestros… ¡no sé! —dijo largándose a llorar.
Fue muy súbito y me tomó desprevenido. No sabía que hacer ante la situación, sin embargo no tuve que pensar mucho ya que me pareció ver algo moverse a lo lejos, entre unos autos. Hice un gesto de guardar silencio y tiré de la mano de la doctora para movernos agachados y escondernos detrás de un auto. Sin hablar le indiqué la zona donde vi el movimiento, y entonces apareció con claridad: Una silueta humana recorría el estacionamiento sigilosamente. Llevaba un pasamontañas sobre su cabeza y en sus manos portaba una pistola. Escudriñaba atentamente a su alrededor, parecía increíble que no nos hubiera detectado aún.
—Tiene una pistola —dije en un susurro—. Parece dispuesto a usarla.
—¡Oh, Dios! ¿Qué vamos a hacer?
—Puedo acercarme por detrás sin que me vea —propuse.
—¡No! —exclamó por lo bajo—. Si te dispara…
—No lo hará —interrumpí antes de que pudiera decir nada más. Si iba a mencionar lo único que era y lo importante que era para su investigación, no quería escucharla.
—Cuidado —fue lo único que dijo.
Me escabullí por detrás de los autos lo más rápido posible, ya que el extraño sujeto se aproximaba cada vez con mayor velocidad a la doctora. Estaba justo detrás suyo, listo para saltar sobre él, cuando éste se dio vuelta y me disparó. Erró por unos centímetros, y volvió a disparar, pero para ese entonces yo ya me había abalanzado sobre él. Logré derribarlo, y su pistola fue a parar a unos metros de allí. La doctora Rodríguez apareció de la nada y tomó el arma, apuntando al hombre con manos temblorosas.
El hombre respiraba agitadamente bajo el peso de mi cuerpo. No parecía en lo más mínimo intimidado por la mujer, tenía sus ojos bien abiertos fijos en mí. De pronto con una fuerza inesperada me arrojó a un lado y se precipitó sobre la doctora, arrebatándole el arma de las manos y disparando un tiro al techo durante el forcejeo. Me levanté rápidamente y salté sobre su cuello, clavándole los colmillos directamente en la yugular. Dejó escapar un quejido antes de desplomarse sobre el suelo. Aún respiraba. Volví a morderlo, esta vez apretando con toda la fuerza de mi mandíbula, y sintiendo el sabor de la carne humana fresca, hasta que tuve la certeza que no volvería a levantarse.
—Disculpa, eso no fue muy sutil —dije al levantar la mirada y ver la expresión anonadada de la doctora Rodríguez.
—No… no tenías que matarlo… —respondió ella con voz entrecortada.
—¿Nos vamos a quedar aquí eternamente? —dije cambiándole el tema mientras me relamía la sangre de la boca—. ¿No quieres saber qué pasó arriba?
—No… la verdad no creo… que sea una muy buena idea…
—Tal vez venían buscando algo —sugerí—. Enviaron a alguien allá arriba para que sonara la alarma y toda la gente se reuniera en un mismo sitio. Este otro sujeto iba a colarse para conseguir lo que fuera que querían encontrar.
—¿Por qué sabes tanto?
—Es simple intuición. Ahora, si no quieres subir, entonces dime qué…
—¡Me voy! No pienso quedarme aquí —dijo a punto de entrar nuevamente en llanto.
—¿Vas a huir? ¿Dejarás a tus compañeros abandonados?
—¡Sí!
—¿Y tu investigación?
—¡Tú te vienes conmigo!
Me tomó de la mano y tiró bruscamente mientras se dirigía hacia un auto blanco de tamaño mediano. Abrió el cierre centralizado y me hizo entrar al asiento trasero mientras ella ponía en marcha el motor. Aceleró y pocos segundos después nos detuvimos frente al portón del estacionamiento. Bajó el vidrio del auto y pasó una tarjeta por un sensor, a lo cual el portón comenzó a abrirse lentamente. En eso sonó un disparo proveniente de algún lugar del estacionamiento, y el vidrio trasero se hizo trisas. La doctora pegó un grito ahogado y pisó el acelerador a fondo, pasando a llevar el costado del auto con el portón, que aún no se abría completamente. No se detuvo a apreciar el daño y dejó el edificio lo más rápido posible.
Ahora que estábamos al exterior me di cuenta que era de noche. Probablemente fuera muy tarde, ya que apenas había gente en las calles. Varias personas miraban con curiosidad y extrañeza la escena, ya que, no sólo la doctora conducía su auto con bastante descuido, sino que además éste tenía un abollón y el vidrio destrozado. Temí escuchar en algún momento una sirena, pero no pasó nada, y tras unos pocos minutos de viaje en silencio, llegamos a un edificio pequeño en un barrio residencial. Asegurándose que el camino estuviera despejado, la doctora me hizo bajar del auto y la seguí hasta un departamento en el tercer piso, que supuse era el suyo.
Era un departamento pequeño: uno entraba a una especie de living-comedor en el que había un sofá y una mesa redonda llena de papeles desorganizados, rodeada por unas pocas sillas, un mueble con varias repisas con aun más libros y papeles, y junto a éste una mesita con un acuario con peces. A la izquierda de la puerta de entrada había una cocina minúscula, con el lavaplatos lleno de loza sin lavar. Un ventanal daba a una pequeña terraza, y una puerta comunicaba al único dormitorio, donde supuse estaba también el baño. Al entrar, la doctora Rodríguez cerró la puerta con llave y se dirigió directamente al dormitorio, echándose como un bulto sobre la cama. Aunque parecía más calmada, aún le podía ver lágrimas resbalándose por sus mejillas. Sin decir nada me retiré de la habitación, me senté en el sofá y me dediqué a observar a los peces, que se movían de un lado a otro del acuario, inmunes a todo lo que había sucedido. Me fijé luego en todos los papeles que había sobre la mesa. Estaba seguro que si me ponía a buscar entre ellos encontraría varios que hicieran referencia a mí. No quise hacerlo.
—Eres humano, ¿no es así? —dijo una voz de repente. La mujer se había levantado y me miraba desde el umbral de la puerta de su dormitorio—. Quiero decir, cambias a esa forma, pero en realidad eres un humano, no eres una especie distinta.
—Yo… hace mucho que dejé de ser humano… —respondí, cabizbajo.
—Entonces tengo razón —dijo ella—. ¿Cómo lo haces? O sea, ¿puedes… cambiar a voluntad?
—Sí. Pero ya lo dije, no tengo intención de dejar esta forma.
—¿No podrías… sólo una vez?
Me paré frente a ella, y mirándola fijamente a los ojos, realicé la transformación que hace tanto tiempo que no hacía. Poco a poco el pelo sobre mi piel fue retrocediendo, mi cara se acható, mi musculatura disminuyó y mi cola desapareció, perdiendo finalmente todos mis rasgos caninos para quedar como un simple humano.
—Pero… ¡pero si eres sólo un niño! —exclamó sorprendida, mirándome de arriba a abajo.
—Ya no. Soy suficientemente adulto.
—No entiendo, ¿cómo funciona todo eso? Es que… es que es imposible… debo estar soñando…
—No, doctora, está despierta —dije volviendo a mi forma anterior ahora que la demostración ya estaba hecha. Así me sentía mucho mejor.
—Yo no… todo esto fue un error… nunca pensé que tú serías…
—No creo que sea una buena excusa —interrumpí —. Pero estoy dispuesto a hacer como que no pasó nada.
—Es que… es tan increíble… los demás… ¡Oh, Dios, los demás! —gritó desesperada—. ¡Debo… debo saber si están bien!
—¿Ahora le importan sus compañeros? ¿Qué va a hacer, llamarlos por teléfono y preguntar si están vivos?
—¡Sí! ¡Sí, es una buena idea! —dijo ante mi desconcierto.
Corrió dentro de su dormitorio a buscar su teléfono celular, y comenzó a llamar a varios de sus colegas, sin éxito. Estaba lanzando maldiciones al aire, cuando sonó un ruido desde la puerta del departamento. Alarmada, se movió sigilosamente hasta la puerta y miró por la mirilla de ésta, casi desmayándose de la impresión.
—¡Es uno de ellos, estoy segura! —susurró—. ¡Va a botar la puerta!
—¿Trajo la pistola que recogió del otro tipo?
—¡¿Qué?! ¡¿Quieres matar a otro de ellos?!
—¿La trajo o no? Puede dispararle a la pierna.
—¡No!
—Cuando entre, dispárele a la pierna, es la única opción si quiere que viva. O si no, tendré que matarlo. ¡Decídase ahora!
No alcanzó a decidirse, porque el hombre derribó la puerta. Al igual que el otro, éste iba encapuchado y armado con una pistola. Miré hacia el lado por medio segundo, y al ver a la doctora paralizada, supe que no tenía alternativa. Salté de inmediato sobre el tipo, pero éste me esquivó y disparó a lo loco, la bala impactando en el techo del departamento. Quede detrás suyo, por lo que le agarré el brazo y lo mordí, haciendo que gritara de dolor. Clavé mis garras en su pecho, apretándolo en un abrazo letal, perforando su cuerpo, hasta que cayó muerto sobe el piso.
—¡Eso no era necesario! —me gritó la doctora Rodríguez—. ¡Podías haberlo dejado vivir!
—No. Si lo hacía, él podría convertirse. Es demasiado arriesgado.
—¡¿Me estás bromeando?!
—No. Es lo que me pasó a mí.
Me miró sorprendida, tal vez esperando que entrara en detalles. Pero no había tiempo.
—Deberíamos volver con su gente —le dije—. Puede que aún podamos hacer algo.
—Tienes… tienes que tomar tu forma humana.
—No. Vamos, debemos apurarnos.
Volvimos a su auto. Por un momento pensé que la doctora no estaría muy contenta con el hecho de que dejaría el tapiz del asiento lleno de sangre, pero considerando el estado en que se encontraba el auto, no pareció importarle mucho. Había todavía menos gente en las calles que cuando íbamos en la dirección opuesta, y como la doctora pasó varios semáforos en rojo, nos demoramos muy poco en llegar al edificio donde comenzó todo.
Una vez adentro, el lugar parecía completamente desierto. Nos acercábamos al salón principal, aquél donde habían llamado a reunirse por altoparlante. La puerta que daba a éste desde el pasillo donde nos encontrábamos poseía una ventanilla por la que se veía luz proveniente del otro lado. Haciéndole señas a la doctora para que se quedara donde estaba, me dirigí a la puerta agachado y con mucho cuidado me asomé por la ventanilla.
Dos hombres armados y encapuchados guardaban amenazadoramente al grupo de científicos que, apelotonados contra la muralla del salón, apenas se movían, muertos de miedo, algunos de éstos llorando. A los pies de uno de los hombres se encontraba el cuerpo de una mujer: tenía una gran mancha roja en su delantal, y un macabro círculo de sangre en el piso no dejaba dudas acerca de lo ocurrido.
—Hay dos de ellos —informé a la doctora—. Tienen a muchas personas como rehenes y mataron a una mujer.
—¡No! —se lamentó en voz baja.
—Estoy seguro de que hay más —proseguí—. El que nos siguió a su casa podría haberlo hecho instintivamente al ver escapar un auto. Si me hubieran visto, hubieran ido más de ellos. Debe haber por lo menos uno más dentro del edificio, registrando todos los lugares.
—¿Quieres decir que…?
—Es a mí al que están buscando. ¿No es obvio?
—No comprendo… no puede ser… ¿qué vamos a hacer?
—No me atrevo a entrar ahí si hay dos de ellos y tienen rehenes. Sería contraproducente. Tampoco sé si me quieren vivo o muerto, ni pienso averiguarlo. Usted tiene una pistola, y tendríamos la ventaja de la sorpresa, pero…
—¡No puedo! —intervino, dándose cuenta al instante que lo dijo tal vez demasiado fuerte, mirándome con ojos desorbitados.
Me escondí lo más que pude y la doctora hizo lo mismo. Vimos aparecer una cabeza encapuchada mirando por la ventanilla hacia nosotros. Contábamos con la ventaja en la oscuridad, pero dudaba que el hombre no se diera cuenta de nuestra presencia tarde o temprano. Entonces la puerta se abrió.
En el instante en que el tipo me vio, la doctora disparó la pistola. El hombre se recogió de dolor y dejó caer la suya, que tomé rápidamente. El otro apareció segundos después, pero corrió la misma suerte, cayendo sobre su compañero.
—¡No puedo creer lo que he hecho! —gritó aterrada la doctora.
—¿Dónde les ha dado? —pregunté.
—¡Creo que en la pierna! ¡Por favor, no puedo haberlos matado!
—¡Helena! —gritó una rehén—. ¡¿Dónde estabas, mujer?!
—¡Anita, estás bien! —respondió ésta—. ¡Mierda, no logro asimilar todo esto! Habíamos escapado, pero decidimos volver.
—¿Decidimos? ¿Con quién estás?
—Con el licántropo. Me salvó de los otros tipos, realmente lo hizo.
De pronto todas las miradas parecieron notar mi presencia. Todos empezaron a hablar al mismo tiempo, pero no logré entender nada de lo que decían. El hombre al que le dejé la cicatriz me apuntaba y gritaba algo ininteligible.
—Creo que hay más —dije tratando de hacerme escuchar e ignorando todos los murmullos—. Creo que hay por lo menos un hombre más suelto dentro del edificio.
—¡Claro que sí! —chilló el hombre de la cicatriz, haciendo que todos los demás se callaran—. ¡A ti te están buscando! ¡Por tu culpa estamos así! ¡Por tu culpa mataron a Alicia!
—Ustedes fueron los que me tenían enjaulado —dije en un tono apenas audible, con la sangre hirviéndome en las venas.
No me respondió nada, pero se notaba ira en su expresión, y nuevamente comenzaron a aflorar los murmullos. Sin pedir instrucciones a nadie, avancé por el salón hasta otra de las puertas, decidido a encontrar el o los hombres que siguieran buscándome.
—Tengan cuidado con ésos —dije antes de retirarme, indicando a los dos hombres a los que le había disparado la doctora Rodríguez, que se retorcían de dolor en el piso. Dejé caer al suelo la pistola que le había arrebatado a uno de ellos. No la necesitaría.
Recorrí los pasillos rápidamente, sin saber muy bien dónde iba. Reconocí la puerta que daba a la escalera por la que la doctora y yo bajamos al estacionamiento, y luego llegué a la sala donde había estado enjaulado. Instintivamente entré, y para mi sorpresa, una figura encapuchada se encontraba examinando la sala. Ésta se dio cuenta de mi presencia y se volteó hacia mí. Era una mujer. Fugazmente me fijé que su pistola se encontraba sobre el techo de una jaula, lejos de su alcance. Corrí hacia la mujer y logré retenerla contra la pared. Tenía más fuerza de la que pensaba, y podía oír su respiración acelerada. Me distraje por un momento, pero le fue suficiente para pegarme un rodillazo en la entrepierna, con lo que caí al suelo de dolor. Liberada de mi agarre, corrió a buscar su pistola, pero la tomé de un pie y logré botarla al piso, situándome sobre ella. No dejé que el sentimiento de duda se apoderara de mí otra vez. Fui directo a su yugular.
Volví al salón principal con dificultad por el dolor en los testículos. Había revisado superficialmente varias otras salas, y no saltó a atacarme ningún tipo encapuchado, por lo que me atrevía a decir que no quedaba ninguno.
—Creo que estamos listos —dije al llegar con los humanos. Vi que habían amarrado a los dos sujetos, por lo que me dirigí hacia ellos—. ¿Cuántos eran? —le pregunté en tono amenazante a uno de éstos, poniendo mi cara muy cerca de la suya y asegurándome que viera caer unas gotas de sangre de mi boca.
—Ci… cinco —soltó de inmediato. Si podía creerle, significaba que ellos dos eran los únicos que quedaban vivos.
—Ustedes vean qué hacer con ellos —dije a los científicos—. Yo me voy de aquí. Espero que no me busquen otra vez.
—¡Espera! —dijo la doctora Rodríguez—. ¿Podrías…? —comenzó, retractándose enseguida—. No, no importa. Gracias. Muchas gracias.
—Usted me ayudó a mí también, doctora. Se lo agradezco. Espero que no tenga muchos problemas con la ley.
Me retiré lentamente, sin mirar a nadie aunque sabiendo que ellos me miraban. Una vez estuve lejos, me largué a correr. Corrí, a conciencia de que estaba expuesto a ser visto en las calles. No me importó.
Esa misma noche abandoné la ciudad. No sé que habrán querido de mí los tipos encapuchados, porque tampoco supe nada de ellos. Volví de paso unas semanas después. Paseando en mi forma humana con unas ropas robadas, me aparecí por el edificio de la doctora Rodríguez. Su ventana tenía un gran letrero rojo de “SE VENDE”, y el departamento se veía deshabitado. De vez en cuando me preguntaba qué sería de ella y su equipo. ¿Podrían hacer públicos sus descubrimientos? ¿Alguien les creería? Tal vez encontraran a otro como yo... ¿Y qué pensaban hacer conmigo cuando terminaran? Tal vez iban a exhibirme como animalito de zoológico, o tal vez fueran a abrirme para observar mi morfología interna. Ni idea.
Les saqué unas fotos a los lobos filósofos que mencioné en la entrada anterior. Tal vez después las ponga, quién sabe. En realidad escribo esto porque yo quería subir hoy un cuentito lobuno porque hace tiempo que no lo hago pero me dio sueño y me da pajita terminarlo ahora pero tal vez esté para mañana. Y eso, advierto altiro que es lobuno. No me hinchen por favor, gracias.
Soy ex-alumno del SIAO. Actualmente en segundo año de Biología Ambiental en la Chile. Pertenezco a la gran comunidad Sin Filtros. Soy un filósofo y artista frustrado. Me gusta dibujar aunque no tengo talento. Escribo harto pero no hago público casi nada. A veces me creo lobo y tengo una fijación con la Luna, guau.